EL IZTACCÍHUATL

¡Que privilegio para México tener al “Popo” y al “Izta”!
Que privilegio para mi haber tenido un papá que amaba a la majestuosa Iztaccíhuatl. En alguna ocasión lo acompañé a una caminata maravillosa desde las faldas de la montaña. Uno de los caminos inicia desde el pueblo de San. Rafael.

Teníamos la meta de subir hasta el refugio de La Joya a 3,890 metros de altura, visitar las cascadas del Diamante, y posiblemente seguir hasta el segundo refugio en Chalchoapan que se encontraba a 4,630 metros de altura.

El recorrido entre el bosque de grandes árboles era en silencio, acompañado por el sonido de las pisadas en la la tierra llena de hojas de color marrón y amarillo, piñitas de los pinos, cantos de aves y de pequeños arroyos que se forman por el deshielo. Había que andar con cuidado para no resbalar.

Por la tarde-noche llegamos al refugio que era una nave de dos aguas con suelo de piedra durísima y espacio para albergar a muchas personas, nada más.

Así que; A poner “algo” en el piso para acostarse, apretar bien mi chamarra con un auto abrazo, y cerrar los ojos para tratar de dormir, porque a la mañana siguiente sería la visita a las cascadas. Eso, si no me despertaba el frío, y como no había un baño…, tenía que salir en la noche helada o, mejor dicho, gélida.

No obstante, ¡El espectáculo era de ensueño! La luna enorme brillando entre las copas de los árboles, iluminaba todo el terreno. Las pozas de agua del deshielo hacían un murmullo suave, y reflejaban a la luna llena.

Se podía escuchar el ulular de los Búhos y, ver el vuelo fantasmal de las lechuzas. Con esas imágenes grabadas para siempre, por la mañana no se sentía mucho el dolor de espalda.

Emprendimos la caminata. Con el rocío nocturno y el de la madrugada el sendero era resbaloso. En un momento se angostaba de tal manera que solamente en fila india se podía avanzar. Por un lado, la pared de roca altísima, y por el otro, un desfiladero con una inclinación peligrosa por lo que mi papá me había dado por precaución un piolet que yo llevaba bien agarrado.

Siguiendo el sendero di un paso en falso, y clavé el piolet en la tierra, tan fuerte, que se partió. La cara de mi papá cambió de color, dio media vuelta y lo seguí. La caminata había terminado. Para un alpinista, un piolet quebrado es señal de no continuar.

Nunca he olvidado esa experiencia. La belleza mágica y el respeto por el “Izta”, sigue para la admiración de todo el mundo desde lejos o de cerca. Yo la tengo en el corazón y en el orgullo de haber pisado su suelo desde adentro.  Gracias Pa.

7 comentarios:

  1. Todo, todo lo tengo grabado a fuego, cpnozcc esas rocas, el frio, los árboles, no tuve la suerte de tener ese maravilloso guía, pero si la capacocap verlo como el, con respecto y una prufprof admiración, gracias abuelo!!!

    ResponderBorrar
    Respuestas
    1. Espléndido!!
      Esos son los cimientos que perduran por generaciones!
      Gracias por compartir tu experiencia.

      Borrar
  2. Qué bonito recuerdo. Yo recuerdo los mixiotes en Ameca-meca con él. Disfrutamos mucho aquel día. Con todo mi cariño guardo aquel día tan especial que compartimos. Un abrazo fuerte al mar Caribe dónde se encuentre

    ResponderBorrar
    Respuestas
    1. Muchas gracias por compartir tus recuerdos!!!
      Quedan con un abrazo recíproco:)

      Borrar
  3. EXCELENTE COMPILACIÓN UNa gran persona q.pd.y UN FUERTE ABRAZO donde se encuentre

    ResponderBorrar
  4. Me llevaste por el sendero con gran realismo y entusiasmo, gracias por compartir tu experiencia de amor y de vida

    ResponderBorrar

Escribe tus comentarios