Empiezo con el paseo a Puebla.
Mi abuelo tenía muchos amigos con quienes se juntaba a jugar partidas de dominó y pasar las tardes. Entre ellos tuve la suerte de conocer a Don Luis Pineda. Él era un hombre de complexión delgada con un carácter muy alegre. Se decía que tenía mucho dinero que hasta era millonario. Nadie en una época más reciente lo hubiera creído dada su indumentaria y comportamiento. Lo cual puede ser una muestra del como una persona sencilla puede ganar su dinero de manera honorable en todos sentidos.
Me consta que
Don Luis salía muy temprano de su casa ataviado de manera simple. Camisa, y pantalón limpios. Zapatos bien lustrados y un delantal de carnaza completo que
se colgaba del cuello y se amarraba a la cintura. Empezaba su rutina barriendo la acera de su
negocio ubicado en una esquina. Saludaba amablemente a sus vecinos y
transeúntes. A la hora fijada abría para atender personalmente en el mostrador
a sus clientes durante una jornada cada día sin falta.
Mi abuelo y él
eran contlapaches de los buenos. Como Don Luis tenía las posibilidades
económicas, de repente así nada más, se le ocurría invitar al “Joven Cuenca” a
darse una vuelta a donde tuvieran antojo. En una de esas veces mi abuelo me
invitó a acompañarlos a dar un paseo.
Vino por nosotros un chofer al servicio de Don Luis. Nos acomodamos en
el asiento trasero y pasamos por Don Luis quien ocupo el asiento delantero. Él
dio la orden de partir diciendo que querían ir a comer a Puebla.
Durante el recorrido sólo pude dedicarme a
escuchar sus conversaciones. No recuerdo bien que edad yo tenía, pero era una
niña y no alcanzaba a ver bien por la ventanilla así que los volteaba a ver curiosa
sobre todo al oír sus risas y cuentos en clave para que yo menos entendiera de lo
que a ellos les causaba tanta gracia. Iban de lo más divertidos recontando sus
aventuras. “te acuerdas cuando…. Jajajajaaja” y “de la vez que…. jajajaja”
ellos realmente iban muy divertidos. Llevaban en el auto música del gran
compositor Guanajuatense José Alfredo Jiménez. De vez en cuando tarareaban una
canción con la que seguro se identificaban para entremezclar alguna anécdota y
su jolgorio era en grande …
A la distancia
los veo ahora como dos señores de cabellos canos, de rostros con arrugas, pero
con una energía desbordante. Sus ojos brillaban entre la alegría de sentirse
libres y las lágrimas que les causaban sus risas tan sonoras. Seguían su
conversación muy animada, pero a tono para despistar sobre el sentido de sus
aventuras con la discreción necesaria para guardar el respeto a mi persona que
definitivamente por la edad no entendía sus pícaros comentarios, ni señales de guiños de ojos, movimiento de manos, levantamiento de cejas y demás.
En un
señalamiento de la carretera Don Luis preguntó al Joven Cuenca si quería que continuara
el chofer hacia Puebla, o si quería que se dirigiera hacia otra parte.
Cualquier parte. Que daba lo mismo. Igual el chofer cambiaba de ruta y
llegarían a dónde le dijeran. Mi abuelo convino que ya había dicho que a Puebla
y seguimos el viaje entre sus risas y las canciones de José Alfredo Jiménez que
cantaban a todo pulmón.
Ahora entiendo
que ésas escapadas eran tan gratificantes que bien podían haberlas prolongado o
que seguramente en otro momento pudieron haber hecho otros paseos con muchas intenciones como si fueran muchachos "descarriados". Con lo cuál,
sin advertirlo, me mostraron que eso de andar uno “a su aire”, poner la cara al
viento y emprender cualquier camino que sea prometedor de agrado y bienestar, ¡Es
algo muy valioso a cualquier edad!
Cuando llegamos
a Puebla fuimos a comer a un restaurante ubicado en el Centro, en la zona de
los portales. Fue una buena comida en una muy grata compañía. Regresamos
nuevamente a Iguala entre risas y canciones con otro episodio memorable para
ellos y especialmente para mí.
UN ALAMBIQUE EN
LA SIERRA.
Otra aventura
imborrable junto a mi abuelo sucedió con una invitación que le hicieron para ir
a la sierra a festejar la cosecha del maíz. Cuando las milpas ya están en su punto de
mayor producción y esplendor, la gente de campo acostumbra celebrar tomando
una parte de los frutos de su trabajo para realizar una gran fiesta a la cual
asiste toda la comunidad y además son bienvenidos los amigos “de a deveras”.
Los amigos de ley. Así que mi abuelo era invitado, y me tocó la suerte de
acompañarlo.
La llegada al
lugar del festejo es en sí misma una aventura. Recuerdo que Mi abuelo, como yo era joven, me permitió
subir en un camión de redilas que transportaba a mucha gente de pie. A él lo
acomodaron en un lugar más adecuado. Entre campesinos, gente del pueblo, y
de las rancherías vecinas, se inició el recorrido para llegar a un lugar de la sierra
guerrerense maravillosa. Esa sierra es un escenario que te invita a ser reverente ante tanta belleza. Silenciosa y con una alma viva que te llama a perderte en tus pensamientos y conectarte con lo infinito. Tiene una gama de tonos verdes, en los de cerros de diferentes tamaños. El suelo se salpica con múltiples conjuntos de pequeñas flores silvestres de colores lilas, rosas, amarillos, rojos, y blancos. Algunas son tan delicadas que casi crecen escondidas pero sus matices adornan todos los valles. El conjunto es un espléndido escenario coronado por el azul de un
cielo claro sin nubes que baña de luz todo el panorama.
El camión surcaba el
pasto dejando a su paso una estela de tierra que se revolvía con todos
nosotros. Íbamos con el cabello alborotado por el viento y el sol a plomo sobre
la cara. El camino era más bien un sendero irregular polvoriento apenas
conocido por los pobladores y que se pierde para la mirada de los fuereños. Va entre surcos y hondonadas por lo que el camión se movía con un traqueteo incómodo. Pero que se aliviaba con
las risas de toda la gente que coreaba cada bache y curva que se encontraba, haciendo todo el recorrido una algarabía
de gritos y bamboleos. Ese coro resonaban en el silencio de bienvenida que da la tierra que es hogar, lugar de trabajo y convivio para recoger los frutos sembrados con tanta laboriosidad y esfuerzo.
Al llegar a
destino todo mundo se bajó para colaborar en la recolección de las mazorcas tiernas
que se tuestan en los comales. También se confeccionaron tamales con una masa de
la molienda de los granos del maíz que se mezclan con mantequilla azúcar y
canela, para los tamales de dulce. Para los que son de sal sólo se deja la
molienda con mantequilla. Se colocan en vaporeras cubiertos con las mismas
hojas de la mazorca llamadas totomochli para que se cuezan y queden esponjaditos, suaves y ¡deliciosos!
Se sirven en platos hondos rebosantes de salsa roja tatemada de jitomates
maduros con chiles serranos que se muele en molcajetes de piedra negra. Se complementa
el platillo con una cucharada de crema de rancho y queso fresco de elaboración
artesanal de la misma localidad.
Se instala el
comedor que se improvisa con largas filas de mesas y sillas para que toda la
gente se siente sin distinción de lugares preferentes. Niños y adultos se
deleitan con esa comida ganada por todo el arduo trabajo que implica el proceso
de la siembra, cuidado y crecimiento de cada planta de maíz que en su temporada
llena los campos con sus espigas doradas y sus largas hojas verdes relucientes
que se mueven con el aire. Es un acto de gratitud también de las plantas que
bailan por la fortuna de una buena cosecha.
Para acompañar
estos platos es un orgullo ofrecer como bebida especial el mezcal de producción
casera. Normalmente existe un lugar en donde se acondiciona el terreno con las
secciones necesarias para la instalación de un alambique en dónde se destila
gota a gota esa bebida tan preciada. El
mezcal de la sierra tiene un gusto tan peculiar que nunca he probado nada
parecido en alguno de los de marcas ni muy costosas ni de alta fama. No cabe duda de que lo mejor se encuentra en casa
y ha sido una suerte el haber podido asistir en compañía de mi abuelo a ese
ritual de gratitud hacia la tierra y a la gente de campo tan generosa que con
abundancia comparte el fruto de su trabajo.
EL GATO AMARILLO
Es una realidad
que son momentos ya sea en la infancia, juventud, madurez o vejez los que
construyen como una red poderosa recuerdos de momentos felices. Ese día
era el día de mi cumpleaños. Ya no sé ni cuántos serían, pero posiblemente muy
poquitos. Por lo que me dijo todo mundo sobre el regalo que me encantó…
Mi abuelo me
ofreció llevarme al centro de la ciudad de México para que yo misma eligiera mi
regalo. Nos fuimos en el
camión “de línea “como se usaba decir al transporte público. Recorrimos las calles
de tiendas de todo tipo hasta que en una vi en un estante un gato amarillo con
franjas negras. Estaba parado en sus cuatro patas y tenía una cola corta
paradita. Quedé prendada de aquel
juguete. No sé qué me imaginé, pero insistí en que eso era lo que quería. Mi abuelo lo compró y me lo dio para que lo
cargara.
Era de hule nada
suave al tacto. Rígido sin articulaciones ni mecanismos para darle movimiento. Tenía un color amarillo con franjas negras
pintadas sin mucho detalle ni delicadeza. Sus ojos eran azules de plástico
brillante con el iris negro y rayitos. Eran una especie de botones insertados en el hule así "nomás", y abajo en la panza se le veía una tapita de un pequeño orificio…
Regresamos a la
casa y a muchos con cara de asombro como diciendo: “y eso???!!!” les sorprendió que teniendo la oportunidad de
pedir algo “mejor” escogiera un gato de hule que hacía un ruido raro al
apretarle la panza porque tenía un silbato para hacer ruido…
No se porqué no
vieron su encanto. Pero yo quedé muy
contenta y lo llevaba conmigo a todos lados:)
GRACIAS ABUELO!!!!!
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