La plática transcurría entre un grupo de personas que decían ser compasivas para su comunidad y sobre todo para la gente más cercana de familiares y conocidos. Quien tomó la palabra comenzó con voz pausada: Quiero describir en primera instancia los hechos sin la carga emocional que genera respuestas de sobre reacción. Es personalmente una lección de vida ante situaciones que nos señalan; preguntas sobre lo que criticamos; justificaciones para desviar la culpa o la vergüenza de acuerdo con lo que sabemos es una doble moral. Es un asunto de los que se catalogan generalmente como algo increíble. Un tema que reta al ego como un desafío de supervivencia o inclusive de salud mental. Me refiero a los juicios que se emiten para las personas a quienes ni siquiera conocemos su historia de vida, pero se presentan en el camino como una prueba para la famosa empatía que sugiere la convivencia humana.
Hace un par de meses, recibí una llamada telefónica, era una persona que conocía nuestro grupo. Supongo que la primera vez marcó mi número de teléfono al azar de la lista de contactos, pero de inmediato reconocí su voz apagada con la súplica de apoyo. Me dijo que necesitaba ayuda económica para preparar un pedido de unos clientes, le faltaba dinero para comprar unos ingredientes y cumplir con lo que le habían encargado. Su llamada provocó mi disgusto puesto que con anterioridad ya había yo ayudado en diferentes asuntos y cantidades que realmente eran mínimas, pero a veces servían para completar mis propias cuentas. Así que de muy mala manera le cuestioné por qué nuevamente requerían ayuda; como un sermón le dije que, desconocía sus gastos, pero de sus ingresos bien podían prever o aumentar de alguna manera lo que ganaban… con cada crítica, aumentaba mi enojo para señalar lo incómodo que resulta que alguien crea que pedir prestado o que le regalen dinero era una manera de sobrellevar sus responsabilidades… Del otro lado de la línea ni se me ocurrió imaginar los sentimientos de quien escuchaba sin decir una palabra.
Finalmente le solicité el numero de la cuenta bancaria para hacer un depósito bajo la advertencia de que era realmente molesto oír sus razones para terminar en lo mismo cada determinado tiempo, por lo que sería la última vez que accedería a su petición. Tomé nota y colgué con mal humor. Retrasé el depósito hasta casi “que me diera la gana hacerlo” y me olvidé del asunto con un malestar general. La sobre reacción ante lo que consideraba falta de responsabilidad, flojera, ignorancia, y demás calificativos puso en evidencia mi propia falta de control emocional y prejuicios de todo tipo. Sobre todo, me molestaba que yo “tuviera” que sentir tales emociones negativas, como miembro de un grupo especial, comprometido y amable ante las necesidades de los demás. Por la tarde noche ya un poco más calmada, reconocí que había exagerado mi reacción. Pero al mismo tiempo me justificaba diciéndome que lo que tenía, me lo ganaba con esfuerzo, que evitaba hacer gastos, y a veces hasta me limitaba en comprar cosas que realmente me gustaban con tal de tener un ahorro o prever alguna situación que requería dinero en efectivo. Total, que el asunto de la llamada y mi respuesta se repitió mentalmente hasta el cansancio. En resumen, con un lío mental terminé el día muy intranquila.
Pasó una semana de aquello; mi amiga "M", omito su nombre, me invitó a ir de visita con unas personas que le dieron hospedaje cuando tuvo que ir a un lugar para hacer unos trámites urgentes. Les iba a llevar un presente de agradecimiento por su hospitalidad y el trato amable que le brindaron. En mi mente surgió el pensamiento sobre lo complicado de tener a un huésped en casa. Trastorna la rutina y de alguna manera hay que estar al pendiente de sus salidas, entradas, comprar algo más de comida, cambiar actividades de horario y un sinfín de incomodidades. Ella me platicaba que aun que esta familia carecía a veces de lo esencial, eran personas atentas y se ganaban la vida de la manera que se presentara, era un matrimonio bien avenido, tenían dos hijos, quienes estudiaban y trabajaban al ritmo que se podía. Es decir que colaboraban todos; si había que suspender los estudios; buscar trabajo para sobrellevar crisis de salud; falta de recursos para materiales escolares, así como ropa o calzado para asistir a la escuela, hacían un alto para ver qué hacer, y retomaban cada uno su rutina hasta que hubiera mejores circunstancias.Me platicó detalles que en mi entorno jamás se hubieran presentado. Carencias de todo tipo como el ambiente “normal” para todos ellos.
Nuevamente mi tendencia a la crítica me distrajo en pensamientos para descalificar. En mi esquema social la falta de esfuerzo, la casi costumbre de tener problemas que padecen muchas personas se debía a su ignorancia, falta de empuje, coraje, y un sinfín de etiquetas negativas. Mis pensamientos descarriados se daban vuelo para señalar y criticar a ese tipo de personas…
Cuando llegamos al domicilio salió a nuestro encuentro una pareja de mediana edad, dándonos la bienvenida. Nos invitaron a pasar, ofrecieron agua, y nos invitaron a sentarnos en unos sillones maltratados. Mi amiga empezó a agradecerles, les relataba sus peripecias con la burocracia y de los requisitos casi interminables para conseguir el sello que requería. Mientras tanto, comencé a divagar entre lo que oía y me habían dicho del ambiente de la casa en la cual no había agua caliente por falta de gas; tenía una serie de faltantes en servicios y reparaciones, pero que, al decir de sus habitantes, incluida mi amiga, era un hogar que apreciaban mucho dadas las circunstancias de empleo, atención de los hijos, enfermedades de la pareja, y demás. Lo que para mi, resultaba increíble, agobiante.
En otro momento, el esposo tomó la palabra, para relatar que últimamente se encontraba mejor de una especie de marcas que habían estado en carne viva, muy difíciles de cicatrizar. El dolor que le causaban era constante, pero comentó que afortunadamente poco a poco, estaban cicatrizando. Como algo casual, recordó que cuando era niño, sus padres lo habían llevado a un lugar en dónde le hacían pruebas de formulaciones farmacéuticas para afecciones en la piel. Él estaba sano y desconocía para qué iban a ese lugar. Le decían que solamente dejara que el personal de batas que ahí trabajaba, le pusieran pomadas, ungüentos, o lo que fuera. Al terminar, otros empleados, lo sacaban para que sus padres se lo llevaran. En su voz no se advertía ningún tono de reclamo. Se preguntaba si tal vez esos procedimientos estaban relacionados con su “enfermedad” que a veces se calmaba y otras se exacerbaba sin motivo aparente. Para constatar su dicho se levantó; nos mostró la piel seca y agrietada de sus brazos y manos, también en su espalda había lesiones que si se abrían, eran sumamente dolorosas hasta por el rose de la camisa… dijo que se había acostumbrado a padecer casi como un ritual; aguantar las crisis, y esperar la mejora mientras tenía que trabajar sin descanso para solventar los gastos con el apoyo de su esposa e hijos.
Cada palabra que el señor pronunció capturó mi atención hasta el punto de llegar a comprender uno de tantos motivos que la gente tiene para pedir ayuda. A partir de aquel relato fue imposible seguir con la actitud de queja para cualquier persona. Realmente el enojo que había personalmente demostrado, con quien me había solicitado ayuda, me heló la sangre. Fue como presenciar un diálogo propio, con el mismo ente del mal que se apropia de la conciencia; pone en tela de juicio el actuar sin consideración, con ignorancia y egoísmo extremo. En dónde aplicaba la empatía que era el lema de grupo de “ama a tu prójimo o al que tengas más próximo”. Para qué las reuniones que planeaban ayudar a los necesitados. Entendí qué lejos está la teoría de la compasión con la realidad lacerante que nos encara para corroborar la imagen idealizada de bondad inexistente. Me había tocado una prueba “de a deveras” y prevalecieron los prejuicios, la insensibilidad hacia otros. Sin duda existen en paralelo diferentes estados de conciencia y de humanidad que pasan desapercibidos, hasta que conoces otras realidades.
La mujer terminó su narración y esta vez no hubo aplausos ni felicitaciones. El ambiente estaba tenso, posiblemente se contagió lo helado de la sangre, al confrontar a la indiferencia y la molestia que le causaba a cada escucha en su particular comodidad. Una persona levantó la mano para replicar: Querida socia, no tienes porqué sentirte culpable ni avergonzada. Los que participamos en este grupo trabajamos duro para ganar lo que tenemos, nadie nos regala lo necesario para comprar lo que hace falta. Su discurso pretendía ser conciliador, en su opinión no había porqué ni culparse ni sentir vergüenza. Para muchos, dijo, es más difícil supervivir, pero las circunstancias adversas se presentan, para superarse y salir adelante. Te consta que algunas veces ni para nuestro grupo se da la ayuda como se quisiera.
La audiencia se quedó muda y por un momento permanecieron en sus lugares. Increíble comentaron algunos que se pusieron de pie para retirarse dando por terminada la junta.